La muerte marca su camino con pasos ligeros de insecto depredador, se mueve despacio y la calle se abre como una gran boca de bestia, húmeda y fría, llena de cemento, oscura serpiente de asfalto que parece moverse lánguidamente entre las piernas de figuras solitarias, fáciles y despiertas en medio de la ciudad. Edificios afilados, casas funestas y largos postes de farolas vibrantes dan forma a las fauces negras de la noche, la lluvia fría cae, riachuelos sucios se arrastran a las alcantarillas, poros que respiran en el cemento, sangre que corre mezclada con sudor y saliva espesa. Envuelta en su manto oscuro la muerte se desliza rápida y volátil, vigía ciega de pasos y pesares; nadie la ve, oye o huele, al tacto no es más que vello erizado y miedo que atenaza la nuca de los hombres y mujeres errantes en la ciudad- cloaca, donde la gran carnicería exhibe cuerpos y almas, donde la moral manoseada está en oferta y se cambian restos de orgullo y de belleza por un peso, una sobra.
La muerte los observa, sigue con sus ojos los movimiento de los hombres, la presa; manos veloces, ojos voraces, corazones que aún palpitan dentro de las carnes que se mueven en las sombras de las aceras, busca entre los que se ganan la vida en el comercio de cuerpos y de conciencias, el sostén de la ciudad nocturna abastecida por los peones del día y los esclavos de la noche. La ignoran mientras ella, estática, analiza el proceso; el torbellino en que se desenvuelven sus vidas, donde todos ellos se alimentan, confluyen, chocan y se miran como animales al acecho que van y vienen entre las paredes que los oyen, entre las latas que les devuelven la mirada sobre el asfalto húmedo, lleno de peligro y de sangre seca. Inocentes, ella lo sabe, ignoran el destino, el tic-tac del tiempo que los rige en el sinuoso recorrido por las sucias venas de la ciudad.
La muerte busca su promesa entre las venas rotas y las piernas que van y vienen, atravesando callejuelas insanas donde lloran niños llenos de pesares y hambre, hijos de madres que gimen con lágrimas ocultas bajo el grueso de la piel. Se mueve y su faz se recrea en un mundo que sabe suyo, ha encontrado el objetivo de esa noche, en esa calle, en esa ciudad, pero no será el único que le acompañe hoy en su trayecto; muchos yacen a sus espaldas, la siguen como aves confundidas, que revolotean en el aire pesado y frío que les cubre.
Con lentitud alarga su mano y toca la piel caliente de un ser tembloroso, que sin saberlo cruza la línea. Es su hora, se detiene el tic-tac del reloj y las manecillas no dan más. El niño en el sueño se revuelve un poco, inquieto; ha de entrar en las filas de la muerte, ella lo ha determinado. El aire deja de circular por los pulmones vacíos y el cuerpo se relaja por fin en la inconsciencia, en la nada. La luz despunta en el horizonte y la vida se aleja de la carne mustia mientras el cadáver, una estatua húmeda, rueda sobre el asfalto. Gotas de lluvia caen sobre la infinidad de hombres y mujeres que no son más humanos ni menos animales entre las sombras, devorados por la noche, mientras duermen los otros, los del otro mundo, aquellos que desconocen los secretos de los muros desechos y deformes, de los rincones de las fachadas, mientras se escurre la noche entre los dedos flacos de la miseria.