Tan desalmado había sido en sus días de gloria que solo su sombra lo seguía cual sumisa y gentil alma errabunda. La soledad era su perpetuo manto y era tan fría que sus manos trémulas anhelaban el calor de un fuego extinto hace decenios. En su fisionomía se divisaba el dolor, marcado en su piel seca y áspera de caminante sin rumbo que solitario sufre su desidia. En sus huesos pálidos y duros pueden contarse una a una las esquirlas de las pobres risas que a su paso de gigante terrible, había mancillado. Sentado y solo, jugaba a la ruleta con su destino decidido a perder, pues ganar significaba lo mismo en su mar de soledad y destierro. Solo su pobre sombra vagabunda como su amo, marcaba las horas estáticas que señalaba el sol sobre el camino. El ultimo acto de mezquindad de aquel hombre desalmado y terrible, fue robarle a la muerte su propia cabeza prohibiendo a la tierra deshacerse de él.
1 comentario:
Pues que este hombre nos libre de la muerte ya es bastante... ajaja
mE ENCANTA como escribis, estuve viendo tus post anteriores y realmente sos poeta..
Un saludo de Dr. Cossete
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